Para los santiaguinos es difícil compartir sus "espacios" personales, según los extranjeros con los que he hablado. Salvo algunas excepciones, es difícil que te integren con su grupo de amigos, y menos con su familia. Salvo en la intimidad de pareja. La intimidad es un jolgorio de latidos veraniegos para los jóvenes y no tan jóvenes. El metro es el lugar por excelencia. Pero si caminas por un parque a las 4 de la tarde la gente no se asombra cuando se topa con cinco parejas en pleno romanticismo callejero, que yacen en un colchón de naturaleza fresca haciendo caso omiso de las bocinas y las conversaciones. Y se zampan en un amasijo estridente, con los cabellos flotando en una pasión oceánica verde . Los transeúntes intentan esquivar tanto arremolinamiento, pero sólo atinan a arrastrar a los niños de la mano para que no se tropiecen con alguna ráfaga de suspiros ahogados que les llegue a los pies. Mi amiga colombiana comenta que en su tierra esa pasión es privada. "Podrían cambiarse de parejas si viene uno con un silbato", dice nuestro amigo chileno. Nos reímos. Tal vez nos equivocamos con mi amiga, en que los santiaguinos les cuesta compartir sus espacios. Cada cual tiene su manera, ¿no?
Dulzuras cotidianas. Viajes, experiencias, personas, conversaciones, historias de vida interesantes que rescato del anonimato.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Arremolinamientos chilenocandentes
sábado, 8 de enero de 2011
Mandamientos existenciales
-Es obvio que las mujeres siempre son las que mandan - dice mi amigo Nicolás B.
-Ooobvio ;) - le contesté - ¿pero acá en Chile ustedes no son los que mandan?
-Chile es un país en el que el hombre puede decir que manda y que le crean -
-¿Ah sí?
-Sí, pero en el fondo manda la mujer.
-Mirá vos.
-La mujer es tan hábil que le hace creer al hombre que manda. Y él lo dice y le creen.
-¿Entonces?
-La mujer tiene el poder siempre. Porque tiene el control. Ya te imaginarás por qué.
miércoles, 5 de enero de 2011
Un año en Chile
Hoy hace un año que estoy viviendo en Chile. Pienso que el 2010 fue un año espléndido en lo personal. Me vine el 6 de enero a Chile, de intercambio por 15 meses. Fue todo nuevo para mí, lleno de vivencias increíbles, pasé por momentos tristes, conocí personas encantadoras. Sonreí: había descubierto el mundo, me sentía una ciudadana global. Pude experimentar por mí misma lo que mis queridos extranjeros vivieron en Uruguay en el 2009. Sé que puedo viajar y visitarlos, y conocer lugares nuevos, sus familias, sus países, sus raíces. Me di cuenta de que hay gente bonita en todos lados, y que tendremos problemas, pero que de nuestra actitud depende que seamos felices.
Se me termina la práctica en Chile en abril. ¿Señal de volver? Se me dibujó la rambla montevideana, el sonido de las olas, el viento constante, la gente amable y escandalosa, riendose sin causa. La tranquilidad, mi familia, los asados, los bailes con chicos altos y cancheros que te invitan a bailar. Sentí que quería volver a Uruguay, pero que aún no era hora. Sentí que Chile me pedía que me quedara un tiempo más, que aún tenía cosas para dar aquí, y que aún tenía sorpresas gratas para darme. Aunque me di cuenta de que Chile no es mi país. Mi destino es seguir camino, queda mucho por recorrer.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Navidad
Raquel todas las Navidades le pedía a sus familiares que compraran un regalito, para luego ella llevarlos a los niños con cáncer del hospital. A sus hijos les pedía un juguete que fuera de sus favoritos. "La vida es un búmeran", dice Raquel, con la voz quebrada. "Ahora tengo a mi hijo en este hospital". Y el chico recibía sus regalos navideños ese día.
"Doctor, dígame si me voy a morir, porque si es así prefiero morirme ahora y no tres meses después y dejar a mis padres en la calle", fueron las palabras de su hijo Nicolás, cuando se enteró de su enfermedad. En Chile, los tratamientos de cáncer para una familia como la de Raquel implican que venda su casa para pagarlo, decirle que no a sus otros hijos para estudiar, o comprarse ropa. "Esta fiesta me recuerda lo doloroso que ha sido para todos la enfermedad de mi hijo; él ha hecho un esfuerzo sobrehumano por recuperarse", explica Raquel. Sus ojos se turbian. Ella tuvo que soportar que no la quisieran llevar en taxi porque el chico usaba tapaboca, y solía ser blanco de las miradas esquivas a su alrededor.
Nicolás nos sonríe y nos convida con pizza. Nos cede el asiento como un caballero, y se va a jugar fútbol, como cualquier chico de su edad, contento porque se acerca una Navidad más.
El cáncer no es contagioso, es muy difícil de sobrellevar. A pesar de eso, el 70% de los niños se recuperan.
Lee más aquí. www.fundacionnuestroshijos.cl/
sábado, 27 de noviembre de 2010
Sabiduría
Valentina sonríe y recibe sus regalos en el día del niño. Come torta, abraza a su mamá y observa a los asistentes con su cara amable. Ella y los demás niños del Hospital Sótero del Río (Santiago, Chile) padecen de cáncer. Me llamó la atención su mirada sabia, su alegría con una pincelada taciturna, su risa al igual que los otros niños del lugar. Me acerqué a ella y empezamos a conversar. Tiene una hermana, va a la escuela y sus notas son muy buenas, según lo que me dijo.
-Vale, ¿qué te gustaría ser de grande?
-No lo sé, sólo sé que me va a ir bien en el colegio, y después pensaré - responde con calma.
-Bien pensado - le dije.
Antes de que me dejara continuar, agregó:
-Sé que quiero ser feliz y tener hijos. - Sonríe.- ¿Y tú?
-También linda. ¿Tienes amigos?
-¡Sí! Tengo algunos de la escuela, pero ya no los puedo ver seguido ahora porque no puedo salir como antes (la niña estaba en una recaída y sus tratamientos eran más intensivos). Aunque acá tengo muy buenos amigos.
Me cautivaba que usara las palabras justas, sin lucirse, sin manifestar ningún capricho infantil. Cuando me despedí, me abrazó y cerró los ojos. Se quedó un rato así, como viviendo cada segundo de ese momento. Ahora creí entender su mirada sabia: Valentina había aprendido a disfrutar de las cosas simples de la vida, viviendo momentos únicos, porque sabía que su juego tal vez terminaría antes de lo pensado.
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sábado, 20 de noviembre de 2010
Lenguaje
Lenguaje. Una palabra perfecta que construye mundos únicos.
El lenguaje revela personas, revela historias.
Porque somos seres históricos que construimos basados en lo que hemos vivido.
Porque somos seres históricos que construimos basados en lo que hemos vivido.
Cada palabra es única en cada persona. El juego es divertido. Nos desnuda el alma. Nos construye.
El lenguaje es intenso. Revela vida, sentimiento, experiencia, compromiso.
El lenguaje nos habla acerca de la persona que lo elabora, nos muestra su identidad.
El lenguaje revela pasado, habla del presente y construye el futuro.
Deseo, negación, construcción, vida, sufrimiento. Frío y caliente. El lenguaje es nuestra huella.
Es intención, es amor. Amor más allá de todo.
¿Qué pasaría si todos escucháramos?
martes, 5 de octubre de 2010
La vuelta
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| El Estadio Centenario, donde se jugó el primer mundial de fútbol. |
Sensaciones encontradas
Me preguntaba qué tantas cosas habían cambiado cuando iba en el avión. Estaba ansiosa. Las imágenes acudían a mi mente: los asados, las mateadas, las reuniones donde todos gritábamos y nos reíamos mucho, el viento y el verde llano, las salidas, los bailes, la vida pueblerina. Más ansias. ¿Qué habría cambiado?
-"Descendemos al Aeropuerto Internacional de Carrasco" - dijo una voz en el avión.
Divisé la Torre de Antel, el puerto de Montevideo, y el Estadio Centenario. "Sí! allí se jugó el primer Mundial de fútbol", pensé.
Uruguay me recibió a lo uruguayo. Respiré aire húmedo, denso para mis pulmones. ¡Mis hermanas estaban allí! La tranquilidad, los ómnibus lentos, la gente tomando mate en la calle, sin apuro y riéndose... fue un abrazo de bienvenida. Adoré la rambla de Pocitos, matear como lo hacíamos antes, y me deleité distraída contemplando chicos altos y simpáticos, caraduras que le gritaban a las mujeres en la calle, cero caballerosos, claro. ;) No faltó la tormenta que apresurada nos bañó en diez minutos e hizo un escándalo en el cielo y la tierra. Y saborée un chivito y licores caseros entre charlas fraternales, mientras me aprontaba para salir con mis amigos de la facultad.
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| Una de las calles centrales de San José de Mayo. |
En San José todo estaba igualito. Tranquilo. Asado, más mate, bizcochos y baile. Mi cama, mi cuarto, mi osito Flash de la infancia, mi alhajero preferido. Las conversaciones con mis familia y mis amigos, mi vecina Beba esperándome con cosas ricas para conversar, el baile, las mismas caras. Y la lluvia y el viento fresco, los árboles, la pradera llana. Por un momento sentí que no me había ido. "¿Cómo estás Xime?", y ahí teníamos una charla de unos minutos con conocidos. La amabilidad de la gente que atiende en los comercios, los saludos en la calle y el acento "shh" típico uruguayo me hizo sentir en mi país de nuevo. "Acá te esperamos siempre", era el mensaje que percibía en cada gesto, mirada, sonrisa y ritmo del país. Todo estaba igual. Sentía que para mí habían pasado varios años... pero en el paisito del mate y la pradera verde el reloj no tenía apuro. Noté que mis amigas ya tenían sus vidas planeadas: trabajos, novios y tal vez comprometerse y casarse allí. Yo no sabía que iba a hacer el año que viene, ni dónde estaría. Reaccioné que no estaba de vuelta, sino sólo de ida... y por unos días. Me sentí bien uruguaya, pero tenía amigos nuevos de otras partes del mundo, me inquietaban otros temas. Fui más consciente de que Uruguay es una aldea, una aldea hermosa y encantadora. Pero yo ahora era una ciudadana del mundo, te entendí de nuevo querida Bárbara. No sabía donde quería estar. Sólo que quería vivir cada momento de mi vida y hacer algo para que este mundo sea un lugar mejor. Y dejar que la vida me sorprenda.
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miércoles, 22 de septiembre de 2010
Encanto de la naturaleza
Cuando estaba en Punta de Choros pensé que la madre naturaleza, aburrida un día de tanto urbanismo, ofreció su inspiración a unos pocos que la pudieran aprovechar. Desierto, arena, y algunos cactus se animaban a mostrarse al costado del camino sinuoso. Simplemente hermoso. Sus paisajes mansos, con la vegetación justa que le daba una belleza apenas verde al lugar nortino, una verdadera reserva de la naturaleza.
El mar sin horizonte nos esperaba. Intenso, arrullaba todo el tiempo constante, y golpeaba el pie de las rocas montañosas acompasado con su viento andino. Los caracoles se mecían en la orilla y llegaban formando una alfombra hasta el camping. Caracoles blancos, violetas, anaranjados y marrones a rayas. La naturaleza artista dejó su inspiración en esos caracoles de ese rincón recóndito.
La Isla de Choros nos ofrecía su encanto de lejos. Las especies de aves anidaban sus huevos, las estrellas de mar reposaban en las rocas, y el mar también arrullaba, manso, sin apuro. Nos deleitamos con los pingüinos que indecisos, nos miraban y aleteaban como cuestionándose si nos harían la gracia que tanto esperábamos: tirarse al agua. Esos pingüinos fieles que sólo tenían una pareja insustituible, y si ella se moría, ellos probablemente morirían de tristeza.
Y estaba también la Isla de Damas, con su encanto de arena blanca y aguas turquesas. La isla como Dama única, te mostraba una inhabitabilidad acogedora, con una montaña rocosa que se reservaba para ella quien sabe qué bellezas ocultas.
El pueblito era tranquilo. El sonido del mar lo llenaba todo, junto con algunos pájaros y algunos transeúntes hablando. La noche era deliciosa, con un frescor marino y una luna llena, que rematamos con una caminata del camping hasta el pueblo, sin sonidos, acompañados por el viento andino.
El día antes de irnos, un pescador nos tenía una sorpresa: veríamos unos fósiles de un dinosaurio entre las rocas cerca del mar. Allí estaba, la columna como cuencos perfectos con agujeros. El agua cansina acariciaba las rocas una y otra vez, y pasaba por una mini cueva formada por otras rocas. Allí nos sentamos. Me dediqué a escuchar el sonido del mar cansino y constante. Ese sonido relajante, que cautiva a los aventureros, que relaja a los urbanitas estresados, mece el ánimo. Esas olas perfectas, de espumas burbujeantes que una y otra vez parecían pedirle a las rocas que las dejaran seguir su camino. Una jaiba roja y brillante se escondía en una roca y allí quedaba en un cuadro natural perfecto, entre verdes, grises y azules naturales.
Punta de Choros, que solo muestras tus encantos a quien ose observarte bien. Sé que siempre nos esperarás con tu mar arrullador, con ese aroma a sal intenso y tus cabañas de pescadores humildes. Con tus noches estrelladas y llenas de caracoles de tu naturaleza artista inspirada. Con tus dunas apenas floridas, como dándole un toque de vida a las piedras y arena árida. Algún día volveré a instalar mi carpa allí, a caminar por tus caminos de piedras y caracoles, a dormir en tu playa bien guardada y ventosa, natural, simplemente bella.
(Fotos: Gentileza de Mauricio Simonin).
sábado, 28 de agosto de 2010
Seis meses sin Tomi
Hace seis meses, un 27 de febrero a Marta le cambió la vida. Recuerdo esa noche apacible de mayo, en un fogón entre jóvenes, las lágrimas volvían a surcar sus mejillas recordando lo que pasó. Ese 27 de febrero sus vecinos salieron corriendo a refugiarse en el cerro, en la punta de los árboles, en donde sea, rezando para que el agua enfurecida del tsunami se llevara lo menos posible de sus vidas. Ella tenía en sus brazos a su hijo de dos años, Tomi. Corrió al primer árbol que pudo, el agua estaba cerca, pero su marido estaba lejos. Rápido, no había tiempo. Se llevó a su Tomi a la punta del árbol para probar suerte y bajar luego de toda esa pesadilla a reencontrarse con su marido, felices como siempre. “¡¡Mamá, mamá!!”, gritaba Tomi, asiéndose con sus manitas a su buzo, “vas a estar bien hijo”, le contestaba ella, y lo agarró con todas sus fuerzas.
"¡¡Mami sujétame!!" La ola ya estaba enfrente a sus narices, ella lloraba y rogaba para que la pesadilla pasara rápido. Su niño lloraba, pataleaba desesperado, "¡Tomi mamá está aquí, mamá está contigo siempre!" Ella sólo pensaba en ellos tres sentados en la mesa como todos los domingos, riendo y retando al niño para que coma toda la comida.
Una fuerza atroz los calló a los dos de repente. El cielo se inundó de agua. Ya no se escuchaba nada, la ola seguía avasallante. Tomi se le resbalaba, la fuerza del agua era incontrolable, "Tomiiiiiiiii", ella hizo su último esfuerzo humano para retenerlo en este mundo... “Mamiiiiiiiiiiii noooooooooooo”.
La ola se lo arrancó de los brazos. Marta vio de nuevo el cielo, pero no a su Tomi. Sus gritos se acallaron, desapareció del horizonte. Ella buceó en el agua, gritando el nombre de su hijo desesperada. Volvió a la tierra, esperanzada de que Tomi se hubiera asido a alguna rama en el camino, pero el agua no perdonó. Su ser de madre que no se perdonaba no haber podido proteger a su Tomi.
No he visto más a Marta, tampoco supe más de ella. Pero hoy me acuerdo especialmente de ella y de los que sufrieron las consecuencias del terremoto y posterior tsunami del 27 de febrero de 2010 en el pueblo de Constitución. Hoy, en memoria de los que no sobrevivieron ese día, les dedico estas palabras, y rezo para que sigan con ese empeño que tenían para salir adelante, cuando los conocimos en esa construcción de mayo.
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lunes, 16 de agosto de 2010
Camino
-¿Y qué planes tienes para el año que viene? – me pregunta mi amigo mexicano.
-No sé – le contesté indecisa.- Me gustaría quedarme un año más, pero no sé.
El sonrió. Ahora casi que formaba parte del “club de los quedados” (le decimos a los que extendemos nuestro intercambio en Chile).
-El año pasado cuando me preguntaban yo también decía que venía por un año, no más. – me dijo.
Lo tomé del brazo y seguimos caminando. Sentí que ya sabía que me quedaría, pero algo en mí me decía que no era mi lugar. Extrañaba a mi familia, a mis amigos de Uruguay, mi cultura… pero no estaba segura de querer volver tan pronto. Me hice de amigos nuevos acá que son casi una familia. Qué se yo, no sabía ni a quién extrañar, ni dónde quería estar.
-¿Y vos, te quedás el año que viene también? – le pregunté.
-Ya no puedo decir que sí ni que no.
Lo entendía. Yo tampoco. Seguimos caminando. Sentí que no era tan fácil predecir la vida ahora, como lo parecía antes. Pero me gustó el desafío de caminar mi camino por mi rumbo y a mi tiempo.
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