Esa tarde de abril lluviosa a Ricardo le preocupaba una cosa: que su único hijo fuera feliz en su viaje. Ese año tal vez sería más largo que los anteriores. Los almuerzos de los domingos, los asados y las conversas al lado de la chimenea tendrían gusto a nido vacío. Me recordó a las últimas semanas en Uruguay, compartiendo los últimos mates y manjares caseros con mi familia. Vi la misma mirada afectuosa que tenía mi padre, incierta ante una situación nueva en la que ya era difícil orientarnos: "¿Qué harás?, ¿quién te recibirá?, ¿cómo te tratarán?, ¿estarás bien?", expresaban sus ojos.
Creí entender mejor sus inquietudes. Nuestro mundo de aventurarnos a lo desconocido y de amigos internacionales y cibernéticos era un mundo que ellos no podían visitar ni siquiera en sueños.
"¿Cómo hacen para conservar la amistad, si cada uno vuelve a su país?", nos pregunta.
No lo sabía. Miré a Aline y a Sebastián para ver si ellos tenían una respuesta. Creo que ninguno lo había pensado seriamente.
"Ya lo vivirán ustedes con sus hijos", nos dijo con una sonrisa sabia, cómplice nuestro a futuro por aceptar decisiones sin tener certezas, sólo con amor y confianza.
Me imaginé a mis hijos viajando, para otro planeta quizás, pero que confiaría en ellos, ya que probablemente tenga menos respuestas aún para sus vidas.







