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sábado, 3 de marzo de 2012

La ley

Mate uruguayo.
-El mate es ley- dice mi amiga Pato. Ella es argentina, y comparte la afición matera igual que los uruguayos. Salvo que lo preparamos diferente (yo con montañita, aunque ella concuerda que es un indicador de calidad), sostenemos que el mate es esencial para una buena charla.

-Es verdad-, me reí con ella. -Estos días en Uruguay vi el mate hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí antes de la misma, después del postre y antes de la cena. En la calle, traqueteando en los ómnibus, como una extensión del brazo, incluso mecido en el cochecito de un bebé. Siempre el mate acogedor está entre rondas de amigos que charlan de la vida como si la tarde no fuera a terminar. Cada uno tiene su mate, pero la ley es compartir uno o dos. Es la bienvenida al hogar. En la playa el sol caliente no impide el tomar litros de la infusión con yerba amarga mientras se suda la gota gorda. Y ¡ay de ponerle azúcar!, o de dejarle caer la montañita. Menos de devolverlo con agua o de mover la bombilla. Esto es un casi pecado que será sancionado con un reto y un fuerte "¡no!"

-Los chilenos no entienden, uno acá se mide porque se queda sin yerba - agrega Pato-, pero si no...

Les dejo unas publicidades uruguayas que muestran hasta dónde va "la ley".

Con una mano alcanza.
Llevarle el mate a un amigo.
Mi mate, tu mate.

miércoles, 13 de abril de 2011

Experiencia paltesca

Cada vez que le cuento a un chileno mi primer experiencia con una palta se ríe descaradamente, así que ¿por qué no compartirlo?
La vi, estaba quieta en la sección de los frutos exóticos. Parecía una pera verde ajena a los manoteos de los consumidores... "mmm... interesante", a $U 20 la unidad (1 dólar). Probemos. Huele a seco, dura como manzana, va para la bolsa y llega a la cocina. La vendedora me había dicho "intenta pelarla", el cajero se había encogido de hombros, y yo, sumándome a la ignorancia paltesca, intenté pelarla. Clavo mis dientes y la dureza amarga me arruga la cara. La meto a hervir para que se ablande. Se resiste la muy extranjera. Ya amarronada, la corto al medio, le retiro la pelota que tenía en el medio, y la muerdo. Huácala.  Madera rancia. Pruebo tímidamente la masa exterior amarronada. Huácala. ¡Goma dura! El caldo huácala al cubo. Se va expresa a la basura.

Seis años después, cuando llegué a Chile y me dieron pan con palta, la miré de reojo. La imagen de aquella palta insolente me generó un regusto amargo de mis papilas. Miré ese puré incrédula, la muy amarga parecía "amansada", ahora que yo era la extranjera y ella la locataria. Y estaba deliciosa, tanto, que me encanta ese toque chileno en todas las comidas.