
No me acuerdo cuando conocí a Aida, mi vecina de enfrente, porque cuando nací ella había criado allí a sus hijos. Solían llamarla Beba, supongo que por su personalidad de ternura desbordante. Ella es una mujer mayor, de cara redonda y un espíritu joven admirable. Es la abuelita ideal que cualquier niño quisiera tener: cocinaba tortas deliciosas, mermeladas y preparaciones engordantes para nosotros y sus nietos. Lo más divertido eran las tardes de los sábados de mi niñez, en su hamaca de jardín, hermoso jardín cubierto de flores y parras, mirando dibujos animados y degustando sus delicias...
-Adiós -suele decirme cuando me ve desde la puerta de su casa- vení, vení que te tengo que contar algo -con ademanes lentos para que cruce a su casa. Su sonrisa pícara anticipa un historia nueva. Ah sí, ella está al día de los amoríos del doctor, o de la peluquera, o de los señores respetables que se reunen a leer el diario en el club. En actualidad vecinal, ella está al día.
A veces la veo cuando voy a mi ciudad natal, conversando con alguna vecina/amiga de la nieta o cuñada de la tía de la vecina del hermano. Ella tiene un cuento que "tenés que enterarte". Extraño mucho a Beba de verdad. Beba caminando a paso lento como al vaivén de un barco a la deriva. Beba de mis memorias infantiles, Beba que compartes tu alegría con los niños y con la primer persona que lo desee.
Ella aún me invita dos veces al año a probar alguna nueva especialidad casera, sólo tengo que disponer de dos horas, al menos, para visitarla.








