lunes, 13 de junio de 2016

Cartas desde Asia: La isla de los corazones flotantes: Bali

-De Indonesia aún tengo una impresión bien fresca que me acurruca el alma con una caricia de abuela sabia- le digo a Eleni - Es el país perfecto para ir de luna de miel. 

Sin embargo la bienvenida que nos dieron en el aeropuerto no fue ni cerca de esa sensación agradable.

-Tengo que volver a Kuala Lumpur- me dijo Nicolás- el policía de migración le había dado su ultimátum y ya venía la azafata de la aerolínea a llevárselo. 
Gracias a Dios a que insistimos con el policía para hacer una llamada, a unos minutos milagrosos en skype, y a que los cónsules de Chile en Kuala Lumpur y de Indonesia reaccionaron rápido, pudimos pasar el año nuevo en Indonesia.

Había escuchado que Indonesia tenía un encanto exótico, hasta que entendí por qué Julia Roberts finalizó su viaje de encuentro consigo misma allí, en Ubud*. Nunca me imaginé que podia existir un lugar como éste en el mundo.


Estatuas de Dioses en un templo de Ubud, Bali, Indonesia.

El 29 llegamos a Nusa Lembongan, una isla pequeña enfrente a la isla más grande de Bali, en un barco de estudiantes. Los turistas son los justos para ser bella sin multitud cansadora, aguas turquesa, casitas únicas, con puertas de madera talladas y estatuas; con vegetación voluptuosa. Los muchachos que trabajan en la guest house eran encantadores, todas las mañanas preparaban unas canastitas con mini flores, arroz, una galletita y un incienso que dejaban a los pies de las estatuas.
La brisa calida y los barquitos eran una pausa exquisita. Las infaltables motos locas de Asia le daban acción, no parece existir la preferencia ni la cebra, sumando que los caminos precarios y con ondulaciones grotescas de la isla erizaban incluso a los temerarios.

Allí disfrutamos el año nuevo, en una playa paradisíaca y en un bar con karaoke de extranjeros, embelesados con las estrellas y los fuegos artificiales reflejados en la orilla del plácido océano nocturno.

Vista de Nusa Lenmbongan, Bali, Indonesia.

Los nombres personales

El nombre de las personas es según el orden de nacimiento en la familia: Putu (primero), Madei (segundo), Nyuman (tercero) y Catú (cuarto), y si es el quinto hijo, vuelve a ser Putu. Esta regla aplica tanto para hombres como para mujeres, acompañado de un segundo nombre y el apellido.


La cultura ancestral de Ubud: entre mar y reverde

El 1° de año partimos a Ubud (en la isla de Bali). Conocimos a un griego y su novia lituana, muy simpáticos, nos quedamos en el mismo guest house y paseamos con ellos.  A través del camino se emana la cultura ancestral, poblado de estatuas mitológicas, con dioses en carros alados y lienzos largos, enfrentamientos celestiales de seres con caras alegóricas, combinados con imponentes templos ornamentados.

Monumento en una calle de Ubud
La ciudad parece un jardín encantado, místico, milenario y tropical. Pensé que su placidez se debia a los festejos del día anterior, pero me equivoque. La pequeña ciudad turística sigue viva a su ritmo y pausa.

Ubud data de una tradición milenaria donde la humanidad rinde culto a dioses naturales (es un pueblo pagano), conscientes de que la vida es un estado transitorio entre esa tradición y la eternidad. El respeto por ambos es una norma, por eso, atribuyo el comportamiento humilde y armonioso de sus habitantes. El sello: las sonrisas mas luminosas que he visto, miradas y gestos suaves, ausencia de tonos groseros, rudeza, y mucho menos violencia. Si bien el transito parece caótico, con bocinas y motos que circulan en la vereda, andando te das cuenta de que fluye con una naturalidad de río, como todo en Ubud.

Templo Madre, Ubud, Indonesia


Recorrimos su parte urbana y natural, una combinación ideal para los turistas. Recorrer la zona en moto es un placer, recuerdo las tiendas de diseños y parques de monos divertidos, el gran volcán, los arrozales, el imponente Templo Madre, un museo histórico mitológico y una cascada. Vimos como la gente local se preparaba de gala para una ceremonia. Las casas imponen su personalidad respetuosa de la tradición y los dioses, con tejas y puertas ornamentadas, estatuillas en la entrada, mucho verde y cada una con su templo adentro. En las casas y en la ciudad ves insinuaciones artísticas al amor como parte de esa armonía (ninguna me pareció burda).

Salidas que hechizan

Mis salidas en Ubud me embelesaron tanto que dos de ellas demoraron cuatro y seis horas. La gente parece andar con sus corazones flotando, derramando amabilidad. Conversaba con gente de las tiendas y restaurantes, me hechizaba con sus altas dosis de danzas y música típicas, preguntaba por artesanías típicas y me probé casi todos los vestidos de seda que encontré. Observaba sus construcciones, degustaba sus aromas gastronomicos, entraba a cada centro de yoga y masajes (Bali es el epicentro de las disciplinas de relajación), jugando con flores típicas en mi cabeza como usan las mujeres locales, indagando en el secreto de sus sonrisas luminosas y su tono de voz pacífico.

La familia dueña de la guest house es un encanto. Una noche me quede conversando con la dueña, me decía que la gente en general se levanta bien temprano, medita o hace yoga, desayuna y hacen ofrendas de agradecimiento a sus dioses (con las canastitas que les mencione de Nusa Lembongan). Por otra parte, viven en un entorno verde, bastante lejos de la tecnología actual, con unos celulares tipo Nokia 1100, sin internet, y unas teles cuadradas con botones como control.
La familia donde nos quedamos en Ubud.

¡Qué encanto de lugar!  Todos trabajan y desde temprano, en el mercado se desviven por sacar un peso, ves pobreza y asi igual mantienen esa aureola de armonía. ¡Que dichosos!, pensé, cuánto nos falta de esa armonía en Latinoamérica, de esa paz, ese respeto por la divinidad que lleva intrínseca una humildad y respeto por el prójimo en una calma sabia de la existencia humana, con una conciencia de agradecimiento eterno por la vida diaria. Ubud es de esos lugares para reencontrarse con la esencia de uno mismo olvidada por el ajetreo moderno y hacerla florecer con vida. 

Hoy revivo esta hermosura de viaje, mirando la pintura del atardecer en Bali, una máscara típica, y el vestido de seda que no podía faltar.


* Ver película Comer, rezar, amar, con Julia Roberts como protagonista.

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